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domingo, enero 25, 2009

San Antón en el Blanco (Cangas del Narcea), por Jorge Díez


Ya había comentado algo sobre el capricho de celebrar San Antón por la carga simbólica vinculada al campo, a la ganadería, como peculiar hito y rito de invierno. Y me parecía apropiado hacerlo con una comida contundente, de raíz, o el epíteto que queráis ponerle para definir una comida de antes, de pueblo, de la abuela, vamos. Así que descarté otras posibilidades y me animé por fin a visitar este local, al que tenía ganas hace tiempo pero siempre relegaba por la distancia, la carretera y qué sé yo que otras excusas.

El día era lo mejor que puede ofrecerte el invierno para algo así: frío pero limpio el cielo, soleado, sin lluvia. Animaba a la excursión, sin duda.

Hice un desayuno ligero en casa y me puse en marcha con la inseguridad de cuánto me supondría llegar. La verdad es que fue menos de lo que esperaba, eso sí, con tráfico muy favorable. Así que me dio tiempo para pasear por Cangas y volver al Café de Madrid, del que tenía buen recuerdo. Será tontería particular pero me gusta encontrar fuera de la ciudad estos cafés con ambiente cuidado, como reductos del refugiado urbanita fuera de su entorno. Aunque es sólo el decorado, porque los parroquianos no se diferencian de los de cualquier bar del pueblo y la Asturias actual tiene bien integrados y mimetizados a profesores, médicos, empleados de la Caja y demás “exiliados” en las villas de las alas, sobre todo, la occidental que les obliga a quedarse con más frecuencia. Buena prueba de esto último es que di más nota de turista en el Madrid que en un bar diminuto pegado al puente cuyo nombre no recuerdo, pero en el que me empapé de conversaciones de vecinos, de sus preocupaciones.

Pasé también por una vinatería que en su momento trató de marcar diferencias. Tuvo una máquina para conservación y servicio del vino como las que había en el Legado de Baco, creo que las únicas en Asturias. Hoy sólo sirve como armario climatizado. Qué difícil es defender los vinos de calidad por copas fuera de los grandes núcleos.

Por fin entro en el pequeño y poco llamativo local, que permanece casi igual desde hace cincuenta años. El bar, hasta arriba de gente. Ambiente animado, pinchos sugerentes en la barra y todo el pasillo hasta las mesas de la pared ocupado. Al fondo, el comedor. Una habitación de casa tradicional, menos de veinte metros cuadrados y cuatro mesas. La sensación es que te han invitado a comer en su casa, no en un restaurante. A ello contribuye el trato cercano, campechano, sin dejar de ser serio y profesional.

Su carta combina el tradicional buen hacer de Engracia Linde, muchos años ya en los fogones, y las trazas innovadoras de José Ron, su hijo, que tiene influencia de cocineros prestigiosos y que aporta ideas para dar una presentación actual a los productos clásicos. Alguna muestra se pudo ver por el centro de Asturias con ocasión de uno de esos concursos de pinchos. Quienes los frecuentáis tenéis una oportunidad de acercaros a estas ideas ahí mismo. Pocos platos pero seguros y avalados por los comensales frecuentes. Entrantes tradicionales y embutidos al lado de los entrantes innovadores, muy adecuados para compartir, para ir “al centro de la mesa”. Guisos de cuchara y varias carnes. Algunos clásicos (lengua, perdiz con verduras, rabo de toro) que no abundan por ahí y sólo dos propuestas de pescado: bacalao y besugo. Las cosas claras y la fórmula bien experimentada. La repostería vuelca del lado de la innovación casi toda.

Y sin embargo apenas puedo hablaros de la cocina del Blanco en sentido estricto, porque había dos “fuera de carta” y los escogí. No me importa, puesto que quedé con ganas de repetir y probar más cosas, así que volveré.

Mientras llegan los platos una crema de cocido de garbanzos de aperitivo, muy sabrosa, clásico puré casero pero en textura moderna, en emulsión más ligera.

De entrada unos buenos callos, tal como los pregonaban al anunciártelos, y era verdad. Bien limpios y en un punto equilibrado de sus dos rasgos distintivos: picante y gelatina. Media ración por consejo de la casa fue suficiente. 6 euros, para el que vaya llevando las cuentas.

Después, un solomillo de cordero lechal con patatinos, trigueros y setas. Una ración generosa con un punto perfecto en la carne. Ese interior sonrosado estaba de foto (que no hice) Y reconocías sabores de cocina clásica; me pareció identificar la manteca de cerdo con la que había sido asado el cordero, grasa que parece hoy día maldita por la dietética. Sólo una tacha: un regusto extraño en las setas, no sé si de conservación o al limpiarlas con algún elemento que les contagió sabor. Una pena, porque también tenían una textura muy conseguida, un buen tratamiento en el fuego. Nada tan grave como para dejarlas en el plato, así que no sería mucho. A ver, el que apunta: 22 euros.

En los postres pude meter algo de la nueva cocina de la casa al fin. Dada la convivencia de ambas en la familia y en los fogones es lo más interesante, probar los dos palos. Decía que los postres son en su mayoría propuestas nuevas y apetitosas. Escogí un brownie de chocolate con sorbete de mandarina y crema de chocolate blanco. Muy bueno. El brownie con sabor fuerte marcado por el amargor del cacao contrastado con el graso lácteo y más dulce de la crema de chocolate blanco y la acidez y dulzura también de la mandarina. Porque el sorbete, más bien helado, tenía mandarina, sabía a mandarina, no era de esos por los que el sabor declarado estuvo de visita pero no se quedó. Sobre la crema de chocolate blanco que hacía el fondo había también detalles de una reducción de la misma mandarina, vistosos y sabrosos. En euros, 4’50. Súmense también 0’80 de pan y 1’20 de un café.

La carta de vinos es muy correcta. Variada y creible en cuanto a su rotación, en general, y con buenos precios. Te ofrecen algún vino más fuera de carta, sobre todo si les das alguna preferencia (por ejemplo, una zona o D.O.) y también vino por copas, ya que lo tienen en barra normalmente con bastante variedad. Estaba, cómo no, el inevitable vino de Cangas, del que no haré más comentarios para no herir susceptibilidades. Aunque si alguien lo compra nadie más legitimado que ellos para venderlo. Yo bebí un “Abadía Retuerta Selección especial” que iba bien con la comida pero que estaba demasiado cerrado, demasiado duro. Un mal que me persigue últimamente con los vinos. Antes de que me lo preguntéis: 24 euros.

En este caso es especialmente reseñable el pan, de muy buena calidad, que hacía honor a la fama que tiene el pan de Cangas por ahí. Este era sabrosísimo, firme, tierno. Un gran pan.

A la salida me encontré, allí sentados para picar algo, con unos conocidos a los que suelo ver por mi barrio. ¿No estoy a 90 kilómetros? Es parte de la magia del sitio, hasta el azar hace que te sientas como en casa.

Después de haber disfrutado lo mío pensaba en volver poco a poco, en tomar un café en Cornellana o en Salas, pero la tarde preciosa me provocó para seguir de excursión.

Salgo hacia Leitariegos y me encuentro el Museo del Vino, que va cobrando cuerpo. Cuando esté completo merecerá la pena visitarlo y recorrer la ruta señalada por los alrededores.

Camino del puerto voy viendo la fauna habitual de esos ecosistemas: cazadores a media altura y esquiadores en la cima. También pude ver después algún elemento de fauna legítima, un gato montés o seguramente un híbrido de tal y gato común. Un bonito paseo cruzando la Babia, muy adecuado para mí: cuando dejé de estar en Babia fue para estar en la Luna. Pintoresco el norte de León, tan cercano a nosotros (Y hasta aquí puedo escribir sin que se líe)

Regreso por Ventana, donde la nieve ya me puso algún inconveniente más, y de vuelta a casa con nuestra celebración de invierno bien cumplida. O de cómo de Oviedo a Cangas hay 90 kilómetros y de Cangas a Oviedo, 160. Un día placentero.


Datos:
Restaurante Blanco
c/ Mayor, 11
Cangas del Nancea
Tfno. 985 81 03 16

domingo, noviembre 30, 2008

Bar-tienda El Rubio. Santa Marina (Quirós). Por Jorge Díez

Tenía planeada con un amigo una escapada rural hace ya tiempo. Uno es un urbanita irreductible y se pone muy nervioso en cuanto no pisa asfalto pero también cae en el tópico y opina que el otoño es la estación más favorable para el paisaje en Asturias, la más plena de colores peculiares, la más sugerente. Y si a eso se suman la temporada de setas y caza, más las abundantes jornadas gastronómicas que se organizan por esta época en la zona central interior, ya hay excusa para dar cuenta de algún plato con enjundia en alguna población pequeña y con encanto; podré vivir unas horas con menos losetas que en Oviedo.

Después de recibir avisos en nuestro blog sobre decepciones en Cuérigo, que era la primera opción, decido tomarme muy en serio vuestra experiencia y cambiamos los datos en el navegador para buscar otro destino. Esta vez vamos en el coche de mi amigo, que ya va para clásico a sus veintidós añitos (el coche, no mi amigo), así que el navegador soy yo, y le voy indicando “métete por ahí, donde el camión de la Central Lechera” o “para ahí delante, donde aquel paisanín, que vamos a tomar un café”, con una voz mucho más cálida que cualquier TomTom (no hagáis un chiste fácil, por favor)

Y aquí estamos, en Santa Marina, un poco después de pasar Bárzana, para probar la cocina del Bar-tienda El Rubio. Si vais, cuidado en el último paso. Al pasar Santa Marina, atención a un cruce pequeño al lado de una casa recién restaurada y pintada de verde, porque este sitio está ahí detrás y es fácil pasarse, aunque lo ves justo entonces y puedes arreglarlo sin dar muchos rodeos.

El local es, de alguna manera, “ahijado” de otras empresas de hostelería de Gijón ya consolidadas, cosa que ayuda para moverse entre bambalinas en estos negocios. Lo conocí casi por accidente cuando se inauguró el verano pasado y tenía gana de venir en cuanto ya estuviera en marcha. Aún ahora te encuentras detalles que se están rematando, así que es riguroso estreno.

Y a estas alturas mi acompañante me revela que su pareja y otra amiga común tienen interés en venir (hay truco: vieron las fotos que hice entonces y les gustó el sitio) si nos convence. Qué cosas, somos gastro-cobayas; esto es nuevo para mí pero en fin, me sacrificaré por las amigas, qué menos.

La carta incluye un apartado de picoteo clásico (quesos, embutidos, morcilla, tortos) y otro con ensaladas y platos más contundentes, apoyados en la carne y la caza, además de los postres. Todo bien detallado en cuanto a elaboración u origen y con precios entre los 4 y los 16 euros, IVA incluído. Habéis leído bien; quedaos con ese dato porque es relevante. Los postres, entre 3 y 4’50. Aparte figuraba un menú de caza compuesto por tabla de embutidos y patés y dos platos más (con dos opciones en cada caso) con frisuelos de postre por 24 sin bebida. Decido “sovietizar” nuestras siglas favoritas para ampliarlas a RCCP, es decir, relación calidad-cantidad-precio porque también voy a necesitarlo así esta vez. Carta de vinos que supera a la de muchos “de ciudad” en interés y referencias y con precios bastante ajustados.

Optamos por compartir una tabla de quesos asturianos y unos callos como entradas. Nos advierten que quizá sea prudente pedir sólo media de quesos, porque con lo que hemos escogido puede ser suficiente. Menos mal, como luego veréis.

La “Tabla de quesos” -media- incluía seis variedades acompañadas de dulce y avellanas. Destacaron sobre todo un buen Cabrales y un Afuega’l pitu coloráu, aunque todos eran correctos y fueron ganando en cuanto se atemperaron en la mesa. En cantidad, sin detalle del peso, igualaba a algunas enteras que he pedido en otros sitios. La presentación, el corte, bien y sobre todo práctica para comerlos, que no siempre es así.
[Detalle según el “método Toni”: 6 eurillos la media tabla]

Los “Callos” vinieron emplatados por separado en dos cazuelitas. Todo el menaje era de alta calidad, dicho sea de paso. Lo recuerdo ahora porque me hicieron especial gracia aquellas cazuelas de diseño moderno en un entorno tan tradicional. Nuevamente ración abundante. Cada una de nuestras mitades pasaría en muchos sitios por una completa. Los callos en trozos pequeños y de tipo que voy a denominar rústico: condimentación fuerte, bastante jamón picado como añadido y textura ruda, más intensidad que gelatina. Como sé que lo vais a leer declarados devotos del producto, no sé si acierto a describíroslos así para que los diferenciéis de muchos otros que han salido a colación últimamente por nuestra tertulia. Vamos, que son callos pa paisanu, pa un quirosanu o alguien que se deje asimilar, no para tapita de moda en vinatería al uso. Y por supuesto, que ninguna se me enfade, también pa paisana si lo tiene a bien; era sólo un recurso expresivo. Aparte, un plato con patatas fritas en taquitos, bien hechas.
[10 grados-euro en la escala Toni]

Mi amigo escogió “Lomo de venado con puré de avellanas”, con una hermosa presencia a la que no hace justicia la foto. Punto logrado, sabroso, textura firme y el puré, una delicia; para pedirse un plato sólo de aquello. Pura crema de avellana que acompañaba de maravilla al venado. Se vio algo perjudicado por cierta falta de temperatura en la que tuvo que ver bastante la necesidad de acompasar su plato con mi arroz, que requería algo más tiempo del que le dimos con los entrantes. De todos modos se solucionó solo, porque otra vez la abundancia convertía aquella ración en una y media de muchos sitios, así que mi acompañante -ejercitado fartón, doy fé- no le aguantó el combate completo. A la mitad del penúltimo asalto mi amigo se fue a la lona y no terminó el venado cuando podía empezar a ser crítico el enfriamiento del plato. Tampoco pudo llegar al postre. Ganador por KO, el venado.
[15 euros la ración]

Mejor me fajé yo con el “Arroz con setas y venado”. Lo escogí después de que nuestra anfitriona alabara los arroces de su cocinero y acerté. Punto correcto con una capa fina de granos, nada que ver con la mayoría de los que encuentras por Asturias, donde las preparaciones secas y melosas no suelen salir bien paradas. Las caldosas se salvan más veces. Este era un plato intenso con sus trozos de carne y sus setas con pleno sabor y el grano impregnado de tanto otoño. Había un ligero exceso de picante por culpa de unos pimientos que no eran los que el propio cocinero pretendía usar, como nos contó después. Con otro acompañamiento quizá hubieran estropeado el plato pero esta preparación era lo bastante vigorosa para aguantarlos bien; lo pudo enmendar. La ración eran tranquilamente dos y apenas tuve ayuda de mi acompañante, que probó un poco, pero aguanté el tipo y llegué a los postres; con dificultad, pero llegué.
12 euros en este caso.

¿Qué bebimos? El primer vino fue un “Ferrer Bobet 2005”, Priorat de un proyecto reciente por el que tenía especial interés y que nos gustó bastante. Nariz media pero agradable, nada agresiva. Una extracción más domada que lo que marca la tendencia reciente. Fruta negra, un punto dulce, sedoso, que hacía un buen paso de boca. Quizá menos persistente de lo que cabía esperar pero más asequible que otros vecinos suyos para sus varietales, sus 14’5 grados y su todavía poca botella. Muy satisfactorio. Nos plantamos en ese límite donde una botella es poco pero dos va a ser demasiado y decidimos lo que nos es propio: pedir la segunda. “Casalobos 2004”, un tinto de La Mancha que nos decepcionó. Duro, durísimo. Taninos agresivos, astringentes, que anestesiaban el paladar al primer contacto. Cerrado, poco expresivo en nariz e intratable en boca. Prolongamos la sobremesa con él pero no nos ofreció nada más. El primero, 27 euros; el segundo, 22.

Yo todavía me atreví con un postre. “Espuma de requesón y compota de manzana”, copa con una compota de manzana muy fluída que envolvía uvas, (hasta aquí la parte fresca y ligera) avellanas y pistachos enteros (aquí la parte potente) todo ello base para la espuma de requesón, suave y sabrosa. Presentación vistosa y combinación muy agradable, aunque todavía dudo cómo podía caberme algo más en el cuerpo. Este postre, 4 euros.

Con agua, pan y cafés, 101’60 en total. Así asusta un poco pero vamos a desbastar. Pongamos un humano más normal, más comedido, que hubiese evitado la segunda botella de vino, y pensemos que además no será un caprichoso y evitará la compulsión de probar uno de los más caros de la carta, ya que puede encontrar cosas convincentes y conocidas por debajo de los 20 euros. Así que, clik, clik, clik, le damos a la calculadora y nos sale que tranquilamente se pone tibio uno por 35 euros por cabeza con todo. Y retomamos lo dicho antes: miramos el parámetro RCP que aún permitiría aliviar más la factura y el perímetro abdominal y nos sale una propuesta redonda.

Al final de la comida nos presentaron al cocinero. Desde mi condición talluda y mi talle orondo me voy a permitir llamarle cariñosamente chaval, ya que él mismo se considera muy joven para ciertas cosas. Ha estado trabajando en bastantes sitios ya, ha mirado la cocina desde varias caras del prisma a sus 24 años (los Loya, Martino, entre otros) y lo tiene muy claro: no será él quien se lance tan pronto a hacer esa cocina innovadora que le han mostrado antes de saberse el ABC de fogones, perolas y cucharas, antes de saber cocinar lo tradicional. Aun así, se aventura a dar pinceladas de sutileza, de combinaciones nuevas, en ese entorno de costumbres fijas. Y parece que va convenciendo. Así que joven pero con la cabeza bien amueblada, la mirada honesta y lo que quiere hacer en su trabajo bien definido. Síganle la pista, porque si todo le sale bien puede que este “chaval” nos dé buenas alegrías emplatadas. Ese arroz, ese puré de avellanas, esa compota de manzana… Me suenan muy bien y mejor me saben. Enhorabuena.

Entramos a las dos, nos sentamos a comer a las dos y media, nos han dado las cinco y parece que ha sido un suspiro. Qué bien se está allí con aquella chimenea encendida. Todavía hay gente, podríamos seguir, pero nos moveremos porque lo pide la lógica del reloj, no por nuestro gusto.

Bueno, qué más contaros. Que esta crónica es de un sitio tan casero, tan acogedor que casi pide ser escrita al modo Fartones, en asturianu, porque ganaría matices. Pero la dejaremos así en aras de la difusión porque merece la pena. A quien le gusten los sitios de este estilo creo que le va a compensar darle una oportunidad. Saldrá satisfecho.

En fin, a vuestra salud.


Datos:

Bar-tienda El Rubio
Santa Marina
Quirós
Tfno. 985768481

jueves, noviembre 06, 2008

Algo más en Mieres: El cenador del azul. Por Jorge Díez


Las cuencas mineras son todo un submundo dentro de Asturias y los cambios que han sufrido en pocos años dan para escribir mucho, quizá demasiado. Y es una historia sin acabar aún; probablemente lo más serio esté por llegar. Pero con esto no me refiero a la gastronomía. Si hablamos de comer y beber siempre hubo, más en pequeños pueblos que en los núcleos principales, sitios con buena fama de gama popular: producto sin complicaciones, muy abundante y a precio no exagerado para esa cantidad (que sí solía serlo). Con el tiempo algunos menguaron cantidades y por desgracia también calidades. Era más difícil comer tan bien y sin gastar mucho. Obligaba a buscar más.

Mieres no ha querido dejar pasar las últimas modas hosteleras: han proliferado vinaterías, tienen sus concursos de pinchos, surgen jornadas temáticas de uno y otro… Alternativas a alguna casa tradicional con fama desde hace tiempo y al lugar de culto sidrero que sigue siendo Requexu, lo maquillen como lo maquillen y da igual en qué esquina planten la estatua.

Pues a quien le gusta la innovación culinaria, a quien busca un punto más de creatividad o una presentación más esmerada se me ocurre sugerirle que pruebe “El cenador del Azul”. La historia de este establecimiento es fácil de encontrar si alguien quiere esos detalles; yo me ceñiré a lo que toca al paladar.

Cuatro personas que comparten afición y que buscan un sitio agradable sin pasarse de precio, un día bonito, un paseo previo sin mucho que reseñar y por fin una sala cálida con fotos que recuerdan un Mieres de otros tiempos.

Empieza la tarea de escoger entrantes para probar todos y empieza el trato excelente del anfitrión, que nos orienta sobre lo más sencillo de compartir y que pone todas las facilidades por parte de la cocina. Le hacemos caso y probamos esa cecina que nos aseguró que estaba buena, y tenía razones: sabrosa y untuosa, con el ahumado suave insinuándose detrás de la grasa. La presentaron con una porción de rulo de cabra caramelizado, idea simple pero acertada para suavizar la potencia del queso y que no nos eclipse la chacina.

Con esto estamos dando tiempo a la cocina para preparar los “Ravioli de pulpo”, falso ravioli de envoltura de calabacín con un pulpo del que discutimos el punto pero con un aspecto fundamental de acuerdo: a nadie desagradó (Que si yo lo hubiera pasado un poquito más, casi nada; que yo lo veo bien así; pues a mí casi me sobra un puntito, unos segundos. Esas nimiedades con las que tanto nos entretenemos en la mesa los gastroadictos.) Tiempo para hacerlo y tiempo para emplatarlo para cuatro, que había que atender el capricho.

Con los principales, mayoría de pescados. Entre las mujeres de la mesa hubo unanimidad con el “Mero en papillote” porque suponía la menor alteración posible del producto. Nos trajo una evocación del mar en el aroma. Gustó mucho y no quedó traza de las abundantes raciones.

Mi amigo optó por el “Rape”, cuyo aderezo no recuerdo pero era algo más elaborado que el mero. En todo caso fue de su agrado: buena presentación, ración generosa y conjunto sabroso.

Yo preferí esta vez uno de sus clásicos de carta, las “Manitas de cerdo con langostinos”, que llevan haciendo años y siguen ahí con el refrendo de los clientes. Sabores marcados pero sutiles, textura gelatinosa de las manitas contrastada con la carne firme del langostino. Motivos tiene para seguir gustando.

El frente dulce lo defendieron un “Postre de tres chocolates”, una “Mousse de yogur” y dos “Mousse de chocolate”, todas elaboraciones de buena factura, sumamente golosas y de porte abundante, que nos llevó ya al límite de lo razonable para seguir paseo y charla por la tarde.

De su carta de vinos, bien dotada y con precios ajustados, vinieron a alimentar nuestra euforia dos botellas de “Nora”, Rías Baixas, y una de “Morlanda”, Priorat. Dos blancos que complementaron bien los platos y se sucedieron sin roces. Más frescura y acidez en el primero, frutal y herbáceo; y más amargor y densidad y notas de laurel en el segundo.

No puedo daros muchos detalles económicos porque fui invitado y no tengo la factura. Pero sí conservo dos datos que sirven de pista: todo lo referido más cafés y agua costó 188 euros. Y el Nora estaba a 16 y el Morlanda a 12’15.

Si unimos la impresión de esta comida y las previas de quien ya conocía el sitio llegamos a conclusiones satisfactorias. Trato muy amable, preparaciones sabrosas, con alguna audacia pero accesibles, raciones generosas y a precios terrenales para los tiempos que corren. Tiene mérito presentar en Mieres algunos de esos platos de combinación infrecuente y mantenerlos. Además de los que probamos recuerdo con agrado y sorpresa unas alcachofas con foie de hace años y los esfuerzos del encargado de la sala para justificar su mal maridaje con los vinos. Un sitio que te deja buen sabor de boca, sin duda.


Datos:

El cenador del Azul
c/ Aller, 51 Mieres
Tfno. 985 461 814

martes, agosto 19, 2008

Al Son del Indiano (Malleza, Salas), por Jorge Díez


Llegar a Malleza no es fácil la primera vez. En contra de lo que parece más directo, y de lo que nos marcan páginas de rutas, es más cómodo ir por Pravia si se accede desde el centro de Asturias, como se encargan de sugerirte en el mismo restaurante. Sin embargo, el paisaje vale la pena. La ruta hasta Pravia o hasta Salas tiene encanto, pero el tramo final desde cualquiera de los dos sitios a la localidad de Malleza es un camino precioso, de curvas entre arboleda bien hermosa, aunque no sea lo más cómodo para según qué conductores o acompañantes. El encanto tiene su precio.

No voy a recordar historias bastante conocidas ya sobre el origen de este peculiar establecimiento, más bien trataré de describir el conjunto de placeres a que te invita. Si el exterior no es muy llamativo, y le hacen sombra otras construcciones cercanas, mucho más vistosas, que pueden confundir al visitante primerizo, el interior sí muestra un carácter propio. En esta antigua casona se han acomodado comedores, salones, bar, en las distintas estancias y su pequeño tamaño da siempre una sensación acogedora. Dado que yo no incluyo fotos, animo a visitar su página web para ver algunos rincones y hacerse una idea bastante cabal. Los comedores, en los pisos altos, reciben abundante luz natural y ofrecen vistas al paisaje apacible que nos rodea. Junto al mobiliario antiguo, coherente con la casa, aparecen muchos detalles decorativos, que a veces pecan de barroquismo, que pueden llegar a ser excesivos. Pero no nos distraigamos, hemos venido a comer.

La atención es sumamente amable, desde la recepción por parte del responsable de este capricho gastronómico hasta el servicio de sala. Nos presenta una carta de tamaño medio, que rota estacionalmente, y una propuesta de menú degustación con tres entrantes, dos platos principales y dos postres, más bodega elegida por la casa, por 45 euros, IVA incluido, más 1,50 en concepto de pan. Dados los platos escogidos es una opción muy recomendable para una primera visita.

La carta de vinos es modesta, aunque se agradece especialmente que aparezca algo más que Rioja y Ribera.

Un problema que afecta en verano a muchos establecimientos es la afluencia de público muy superior a la del resto del año. Y de esto se resienten, y nos resentimos los comensales, porque el mismo personal no puede atender con igual detalle, ni en cocina ni en sala, a un número medio de clientes que a unos comedores llenos. Como en general mis impresiones son buenas, lamento escribir esta crónica ahora y no en mi primera visita, que algún comentario tuvo por el blog, ya que aquella, en temporada más tranquila, me permitió disfrutar más que esta última. No obstante, mis acompañantes, que no conocían el sitio, salieron satisfechos, así que nos quedaremos con esta visión para usarla como medida.

En esta ocasión probamos tres entrantes. Las “Croquetas líquidas de ortigas y queso de cabra con reducción de remolacha”, donde la ortiga, sin hacerse notar, servía para suavizar la potencia del queso, era ese no sé qué que hacía más ligero el relleno. El rebozado resultaba algo rudo para lo delicado del interior pero nos gustaron, con ese ritual juguetón que conllevan las croquetas con relleno fluido. Por cierto, presentadas a temperatura exacta para su consumo, para no tener que esperar o sufrir un percance con derramamiento de queso. El “Escabeche templado de esturión con setas” obtuvo menos halagos. Le perjudicó una costra especiada formada con su piel en la que resultaba demasiado dominante el romero, aunque la textura de la pieza fuera buena. Y el “Montadito de pulpo con su jugo, patata y cremoso de pimentón” es una interpretación propia de plato clásico, agradable y reconocible, con texturas suaves. Hubo quien prefería un punto de cocción un poco más corto para el pulpo pero, dado lo arriesgado que es esto a veces, yo me quedo con el que se presentó, que no era excesivo pero aseguraba un resultado tierno.

Para los platos principales, dos comensales escogieron el “Bacalao confitado con crema de piquillos, aceituna negra y ahumado de Pría”, que fue uno de los triunfadores de la comida, con un punto exquisito del bacalao y un acompañamiento armónico y sabroso de las referidas emulsiones, además de tener presencia estupenda y ser una ración abundante. Otro optó por el “Atún en dos cocciones con terrina de frutos rojos y aceite de eucalipto” que, cuando llegó en su acabado correcto (luego comentaré este extremo), fue un plato pleno de sabor, con buena textura, firme, y con el contrapunto de los frutos rojos y el aceite que buscan refrescar la boca ante un producto fuerte, con tendencia a dejarnos sensación salada o seca en el paladar. Y por último, “Pierna de cordero lechal deshuesada a la miel”, quizá el más flojo de los tres porque, aun bien concebida la combinación, la miel no consiguió aportar untuosidad al plato, que resultó algo seco. Se apreciaba el buen producto, eso sí, pero no alcanzó el resultado de sus oponentes marinos en la mesa.

Sólo dos pedimos postre. Una “Mousse de toffe”, sabrosa y fresca, y su versión del “Tiramisú”, heterodoxa pero muy agradable, con sabor intenso.

Los vinos fueron un “Guitián fermentado en barrica” que gustó a sus destinatarias y un “Dehesa del Carrizal Shyrah”, que también agradó a los que lo bebimos. Sin ser vinos para dejarte huella, acompañaron bien a la comida sin problemas.

Con el postre o en su lugar, tres copas de “Don PX”, de bodegas Toro Albalá, y dos de tokaji que no puedo precisar por completo; en carta figuraba el Oremus pero no era este, creo que podía ser “Disznoko” por lo que he estado buscando por ahí y si la memoria no me falla. Ambos gustaron también. El Tokaji era un 4 puttonyos, con menos dominio del dulzor que en el Oremus pero menos expresivo, a mi parecer. Quizá era un vino para darle más tiempo y más prueba, así que dejo aquí el comentario.

El café es de puchero y me gustó bastante, pero lo indico porque tiene sus detractores. Pusieron para acompañarlo unas galletas de chocolate especiadas, sabrosas y ligeras, pese a lo que pueda parecer.

Con tres cafés, todo lo dicho y agua de un litro, graciosamente denominada en factura “zumo de paraguas”, 172,70 euros.

Hubo algún lunar que yo achaco al número de comensales, excesivo para el personal del restaurante. Por ejemplo, una tendencia a puntos de cocción excesivos que no noté la primera vez, o algún pequeño lapsus del servicio de sala cuando ya estaban los comedores llenos, pero no fue algo que empañase una comida muy agradable en un entorno bonito. Aquí quiero señalar que, cuando me referí al atún en dos cocciones hablé del acabado correcto porque el primer plato que llegó a la mesa estaba muy pasado de punto pese a haberse señalado lo contrario, tanto como para rechazarlo. Sin embargo, la amabilidad de buen anfitrión de Paulino Lorences resolvió el tema satisfactoriamente, sobre todo, por la naturalidad con que aceptó el fallo y procedió a pedir un nuevo plato, que quitó toda incomodidad a la situación. Justo es reconocer el error y su enmienda.

En una visita anterior yo había tomado también el atún en dos cocciones y puedo asegurar que es un plato estupendo. Asimismo había probado el “Bocadito de hojaldre con cebolla confitada, trucha de Barganeiro, afuega’l pitu roxu y caramelo de sidra” y su interpretación del “Arroz con leche”, una mousse del mismo, con helado de canela y gelée de limón, que también son platos sumamente agradables.

En fin, un establecimiento con encanto y una cocina agradable, con precios contenidos. Además, ofrece algunas ofertas que combinan alojamiento con menú.

Me resta añadir que este post no es mérito exclusivo del que firma, sino que cuenta con valiosas opiniones de mis acompañantes, gente dada al disfrute de la mesa y de su entorno.

Y aquí quedamos a vuestra disposición para cualquier comentario.

Salud.