
Ya había comentado algo sobre el capricho de celebrar San Antón por la carga simbólica vinculada al campo, a la ganadería, como peculiar hito y rito de invierno. Y me parecía apropiado hacerlo con una comida contundente, de raíz, o el epíteto que queráis ponerle para definir una comida de antes, de pueblo, de la abuela, vamos. Así que descarté otras posibilidades y me animé por fin a visitar este local, al que tenía ganas hace tiempo pero siempre relegaba por la distancia, la carretera y qué sé yo que otras excusas.
El día era lo mejor que puede ofrecerte el invierno para algo así: frío pero limpio el cielo, soleado, sin lluvia. Animaba a la excursión, sin duda.
Hice un desayuno ligero en casa y me puse en marcha con la inseguridad de cuánto me supondría llegar. La verdad es que fue menos de lo que esperaba, eso sí, con tráfico muy favorable. Así que me dio tiempo para pasear por Cangas y volver al Café de Madrid, del que tenía buen recuerdo. Será tontería particular pero me gusta encontrar fuera de la ciudad estos cafés con ambiente cuidado, como reductos del refugiado urbanita fuera de su entorno. Aunque es sólo el decorado, porque los parroquianos no se diferencian de los de cualquier bar del pueblo y la Asturias actual tiene bien integrados y mimetizados a profesores, médicos, empleados de la Caja y demás “exiliados” en las villas de las alas, sobre todo, la occidental que les obliga a quedarse con más frecuencia. Buena prueba de esto último es que di más nota de turista en el Madrid que en un bar diminuto pegado al puente cuyo nombre no recuerdo, pero en el que me empapé de conversaciones de vecinos, de sus preocupaciones.
Pasé también por una vinatería que en su momento trató de marcar diferencias. Tuvo una máquina para conservación y servicio del vino como las que había en el Legado de Baco, creo que las únicas en Asturias. Hoy sólo sirve como armario climatizado. Qué difícil es defender los vinos de calidad por copas fuera de los grandes núcleos.
Por fin entro en el pequeño y poco llamativo local, que permanece casi igual desde hace cincuenta años. El bar, hasta arriba de gente. Ambiente animado, pinchos sugerentes en la barra y todo el pasillo hasta las mesas de la pared ocupado. Al fondo, el comedor. Una habitación de casa tradicional, menos de veinte metros cuadrados y cuatro mesas. La sensación es que te han invitado a comer en su casa, no en un restaurante. A ello contribuye el trato cercano, campechano, sin dejar de ser serio y profesional.
Su carta combina el tradicional buen hacer de Engracia Linde, muchos años ya en los fogones, y las trazas innovadoras de José Ron, su hijo, que tiene influencia de cocineros prestigiosos y que aporta ideas para dar una presentación actual a los productos clásicos. Alguna muestra se pudo ver por el centro de Asturias con ocasión de uno de esos concursos de pinchos. Quienes los frecuentáis tenéis una oportunidad de acercaros a estas ideas ahí mismo. Pocos platos pero seguros y avalados por los comensales frecuentes. Entrantes tradicionales y embutidos al lado de los entrantes innovadores, muy adecuados para compartir, para ir “al centro de la mesa”. Guisos de cuchara y varias carnes. Algunos clásicos (lengua, perdiz con verduras, rabo de toro) que no abundan por ahí y sólo dos propuestas de pescado: bacalao y besugo. Las cosas claras y la fórmula bien experimentada. La repostería vuelca del lado de la innovación casi toda.
Y sin embargo apenas puedo hablaros de la cocina del Blanco en sentido estricto, porque había dos “fuera de carta” y los escogí. No me importa, puesto que quedé con ganas de repetir y probar más cosas, así que volveré.
Mientras llegan los platos una crema de cocido de garbanzos de aperitivo, muy sabrosa, clásico puré casero pero en textura moderna, en emulsión más ligera.
De entrada unos buenos callos, tal como los pregonaban al anunciártelos, y era verdad. Bien limpios y en un punto equilibrado de sus dos rasgos distintivos: picante y gelatina. Media ración por consejo de la casa fue suficiente. 6 euros, para el que vaya llevando las cuentas.
Después, un solomillo de cordero lechal con patatinos, trigueros y setas. Una ración generosa con un punto perfecto en la carne. Ese interior sonrosado estaba de foto (que no hice) Y reconocías sabores de cocina clásica; me pareció identificar la manteca de cerdo con la que había sido asado el cordero, grasa que parece hoy día maldita por la dietética. Sólo una tacha: un regusto extraño en las setas, no sé si de conservación o al limpiarlas con algún elemento que les contagió sabor. Una pena, porque también tenían una textura muy conseguida, un buen tratamiento en el fuego. Nada tan grave como para dejarlas en el plato, así que no sería mucho. A ver, el que apunta: 22 euros.
En los postres pude meter algo de la nueva cocina de la casa al fin. Dada la convivencia de ambas en la familia y en los fogones es lo más interesante, probar los dos palos. Decía que los postres son en su mayoría propuestas nuevas y apetitosas. Escogí un brownie de chocolate con sorbete de mandarina y crema de chocolate blanco. Muy bueno. El brownie con sabor fuerte marcado por el amargor del cacao contrastado con el graso lácteo y más dulce de la crema de chocolate blanco y la acidez y dulzura también de la mandarina. Porque el sorbete, más bien helado, tenía mandarina, sabía a mandarina, no era de esos por los que el sabor declarado estuvo de visita pero no se quedó. Sobre la crema de chocolate blanco que hacía el fondo había también detalles de una reducción de la misma mandarina, vistosos y sabrosos. En euros, 4’50. Súmense también 0’80 de pan y 1’20 de un café.
La carta de vinos es muy correcta. Variada y creible en cuanto a su rotación, en general, y con buenos precios. Te ofrecen algún vino más fuera de carta, sobre todo si les das alguna preferencia (por ejemplo, una zona o D.O.) y también vino por copas, ya que lo tienen en barra normalmente con bastante variedad. Estaba, cómo no, el inevitable vino de Cangas, del que no haré más comentarios para no herir susceptibilidades. Aunque si alguien lo compra nadie más legitimado que ellos para venderlo. Yo bebí un “Abadía Retuerta Selección especial” que iba bien con la comida pero que estaba demasiado cerrado, demasiado duro. Un mal que me persigue últimamente con los vinos. Antes de que me lo preguntéis: 24 euros.
En este caso es especialmente reseñable el pan, de muy buena calidad, que hacía honor a la fama que tiene el pan de Cangas por ahí. Este era sabrosísimo, firme, tierno. Un gran pan.
A la salida me encontré, allí sentados para picar algo, con unos conocidos a los que suelo ver por mi barrio. ¿No estoy a 90 kilómetros? Es parte de la magia del sitio, hasta el azar hace que te sientas como en casa.
Después de haber disfrutado lo mío pensaba en volver poco a poco, en tomar un café en Cornellana o en Salas, pero la tarde preciosa me provocó para seguir de excursión.
Salgo hacia Leitariegos y me encuentro el Museo del Vino, que va cobrando cuerpo. Cuando esté completo merecerá la pena visitarlo y recorrer la ruta señalada por los alrededores.
Camino del puerto voy viendo la fauna habitual de esos ecosistemas: cazadores a media altura y esquiadores en la cima. También pude ver después algún elemento de fauna legítima, un gato montés o seguramente un híbrido de tal y gato común. Un bonito paseo cruzando la Babia, muy adecuado para mí: cuando dejé de estar en Babia fue para estar en la Luna. Pintoresco el norte de León, tan cercano a nosotros (Y hasta aquí puedo escribir sin que se líe)
Regreso por Ventana, donde la nieve ya me puso algún inconveniente más, y de vuelta a casa con nuestra celebración de invierno bien cumplida. O de cómo de Oviedo a Cangas hay 90 kilómetros y de Cangas a Oviedo, 160. Un día placentero.
Datos:
Restaurante Blanco
c/ Mayor, 11
Cangas del Nancea
Tfno. 985 81 03 16




