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martes, marzo 05, 2019

Asador Guetaria (Bilbao)



La noche siguiente a la manifiestamente mejorable cena en Zarate salimos a la aventura sin nada reservado para cenar en Bilbao. Y digo "a la aventura" porque dada la cantidad enorme de gente que aborrotaba las zonas de vinos y pinchos del centro de Bilbao, se antojaba una tarea difícil encontrar una mesa para sentarse a cenar.  Pero a veces hay suerte aunque esta sea gracias a una de las lacras de muchos restaurantes que es que una mesa reservada no se presente y ni siquiera avise.
Al llegar al Getaria a eso de las 21:45 preguntamos si había mesa libre y el maitre nos dijo que sí, ya que les había fallado una que tenía reserva para las 21. Costará tanto llamar para avisar de que no se puede ir...





Como se puede ver en la foto, el local -y el restaurante en general- rezuma clasicismo por los cuatro costados y da la sensación de que aunque vayas a comer lo de toda la vida, va a estar bien y saldrás satisfecho.










Como apertivo invitación de la casa nos pusieron sopa de ajo y mousse de queso con pimento.
Realmente rica la sopa y resultón el mousse.
Muy bien para abrir el apetito.






Después de echar un vistazo a la carta decidimos que esta noche pediríamos postre por lo que no pedimos entrante y pasamos directamente a los principales.





Estando en Vizcaya y en un sitio tan clásico qué menos que pedir el bacalao a la vizcaína. 27,60€. El bacalao de pirmera calidad y la salsa impecable y como se encargó el maitre de recordarnos, "como tiene que ser con pimientos y no tomate como en tantos sitios".
Clásico y tradicional, sí, pero en su mejor versión y sin racanear en cantidad.









El otro plato fue solomillo de ternera a la brasa, con foie, salsa de PX y piparras en tempura. 27,70€.  Siendo sincero, el solomillo no tenía la calidad mejor que se pueda encontrar pero sí daba un buen nivel. Rica la salsa de PX y correcto el foie.  En conjunto, un plato disfrutable.









Los postres siguieron, cómo no, la senda del clsicismo. Realmente rico el pastel ruso, 8,70€,  en este caso tal vez un poco alto de precio para la cantidad pero que resultó totalmente satisfactorio.













Pero aún gustó más la torrija flambeada con Chinchón dulce. 8,70€. De esos postres que por ganas te tomarías cuatro seguidos.












Y para rematar la dulzura la casa nos invitó también a reducción de pacharán con nata y dulce de leche con chocolate destacando sobre todo el dulce de leche.













La carta de vinos, como se puede imaginar el lector, absolutamente clásica y para no desentonar pedimos un magnífico Imperial Reserva 2011. 34,80€.











El pan de maiz, 2€, de los mejores probados últimamente y encima en una cantidad que no se suele ver.
El personal de servicio veterano y con muchos kilómetros de sala en sus pies además de simpático.







Muy buena página web que además de muy informativa ponen fotos de todos los platos e incluso la carta de vinos por productores.

Finalmente salimos satisfechos de la cena aunque ni probáramos la última novedad ni nada que no pudiésemos hacer nosotros en casa, sales con la sensación de que pagaste un precio justo por lo que comiste y por la atención, algo que en otros restaurantes mejor considerados en ciertas guías cada vez veo menos últimamente.


Asador Getaria

Colón de Larreátegui, 12, 48001 Bilbao
944 243 923   www.guetaria.com
 

martes, febrero 19, 2019

Zarate (Bilbao)





El bilbaíno restaurante Zarate está situado en la calle Licenciado Poza, una zona con un impresionante número de bares y por lo menos el viernes que nosotros fuimos, todos a rebosar de clientes. Tiene una estrella de la guía Michelin.

Comentaba no hace mucho en Twitter que últimamente procuro evitar los restaurantes estrellados, cansado de malas experiencias, algunas contadas en este blog y otras no, y facturas excesivamente altas, pero después de varias llamadas a otros restaurantes y encontrarme con que estaban llenos para esa noche, al final encontré mesa aquí algo que me llamó la atención, que restaurantes con menos reconocimiento mediático estuvieran llenos y este no...






Tiene un comedor no excesivamente grande y bastante acogedor. Una vez sentados nos trajeron las cartas y nos sorprendió que tuvieran dos precios: con IVA y sin IVA. Por mucho que hicimos memoria no recordamos ningún sitio en el que la carta estuviera así y además ni falta que hace pues solo sirve para confundir al cliente. Pon los precios con IVA incluido, como es preceptivo, y así no hay ni malosentendidos ni problemas. Curiosamente en la web solamente vienen con IVA.







Como aperitivo nos trajeron una mousse de bacalao. Mira que el bacalao tiene sabor pero este se acercaba a la insipidez total. Sí, es una cortesía de la casa pero mal empezábamos.












En un apartado de entrantes ampliamente dominado por platos con marisco, parece que algunos cocineros no saben hacer otra cosa..., pedimos el lingote de  foie-grass cítrico, 20,90€. 
Lo que se ve en la foto es la mitad ya que emplataron para dos, pero se puede comprobar que la cantidad roza la tomadura de pelo. Literalmente de un bocado se podía comer aparte del hecho que emparentaba en insipidez con la mousse de bacalao. Directamente al último puesto de los foie de cualquier tipo probados y ejemplo de libro de las bromas que circulan sobre quedarte con hambre en un restaurante Michelin. 






Para los platos principales pedimos pescado y la cosa no remontó precisamente. Yo tomé mero. 32,45€.  Hace no demasiado tiempo, tomé también mero
en el restaurante Guernica de Luanco y aparte de ser más barato y estar bastante mejor, la cantidad era el doble como se puede ver en la foto del enlace. Este de Zarate seguía en la linea de insipidez de lo comido anteriormente además de lo poco presentable de las patatas quemadas y de la presentación nivel "restaurante de menú del día".  Mal.



 El otro principal fue un taco de  atún rojo con su chistorra, parmentier de pimientos y demi glace de puerros. 29,70€. En este caso la cantidad no fue tan parca como en los otros platos como no lo fue el tiempo de cocción pues se excedió bastante más de lo recomendable ya que estaba algo seco y, una vez más, sin el sabor esperado. Tampoco la salsa estaba como para quedar el recuerdo.
Volviendo a las comparaciones, mucho nos acordamos del atún del mar de Corea comido hace un par de meses en el Urepel de San Sebastián, varios niveles por encima de este.







En vista del éxito obtenido, ni se nos ocurrió pedir postre.

La carta de vinos, sin ser mala, podría estar mejor para un restaurnate con pretensiones. Tomamos un Marko Gure Arbasoak 2017, 33€.

El pan, correcto, 2€ c/u, y el personal de servicio con buen hacer y por encima del nivel mostrado por cocina.

Con la nota nos pusieron unos petit four que desconozco su nivel porque no los probé.






La página web sencilla e informativa aunque le falta colgar la carta de vinos.

Como el lector podrá suponer, no salimos encantados precisamente. Vuelvo a recordar que en este blog no se juzga la cocina ni la trayectoria de un restaurante sino solo una comida/cena en concreto y en este caso y visto lo pagado, ha sido una de las peores relaciones calidad/precio en meses por ser suave. Dudo que nos vuelvan a ver por allí.

Zarate

Licenciado Poza, 65, 48013 Bilbao
944 416 521    www.zaratejatetxea.com
 

domingo, junio 10, 2012

La cocina de Álvaro Garrido Por Jorge Díez





Llegamos al final de los asuntos pendientes, de los relatos demorados, y será con otro gran menú degustación en Mina (Bilbao). Este restaurante trabaja sólo con menú degustación variable, ajustado en el día a lo que ofrece el mercado, al mejor producto según el criterio de quien dirige los fogones, Álvaro Garrido, que habrá de transformarlo en el plato óptimo en cada ocasión. Así que hay que hablar de su cocina en general, no de una fórmula particular, porque no se repetirá necesariamente. Aunque haya rasgos comunes y platos frecuentes, cada menú acaba siendo algo único, singular, y más en nuestro caso. Albertobilbao me acompañaba ese día, y como visita la casa con frecuencia y además confía plenamente en Álvaro, nos pusimos en sus manos para que nos preparase algo especial.


Habitual controversia la del menú degustación cerrado. Pocas opciones para el cliente, nada que elegir; máxima responsabilidad para el cocinero, que ha escogido a capricho. Eso es poner el listón muy arriba, no se pasará por alto una decepción en la que sólo ha decidido una de las partes. En el caso de Álvaro yo creo que sale cada día más airoso de esa prueba. Ya tuve ocasión de hablar de Mina en este blog hace un año y me refería al restaurante como promesa, aludía a que todavía se guardaba algo. Y esta nueva visita me lo confirma. En ese poco tiempo ha crecido, ha asentado la técnica y el gusto personal, ha definido el carácter. Esto no quiere decir que ya sea una cocina terminada, con su evolución completa; sigo pensando que hay potencial para más sorpresas en la mesa, para satisfacernos con novedades durante mucho más tiempo.

En la cocina de Álvaro Garrido hay contrastes, muchos, y aportaciones de otras culturas culinarias, pero todo está bien integrado, tiene sentido, funciona. Esa tendencia, esa moda del recurso al producto exótico o a la receta foránea no siempre da buen resultado, necesita un proyecto coherente para encajar y no desentonar y aquí yo entiendo que lo hay. Por lo demás, el abecé de la buena cocina: ingredientes de temporada y en su punto, tiempo, fondos trabajados… También guiños a la tierra, al entorno, sus tradiciones y productos. 

Y así desfilaron por la mesa el hígado de rape a la diabla, con intensidad de sabor para dejar claras las intenciones desde el principio, o el txangurro en salsa de yema de caserío y fruta de la pasión, uno de esos entrantes de todo tiempo, que aceptaría diversas temperaturas. El foie a la cerveza negra con avellana y tartar de gamba blanca de Huelva, que puede intimidar con su enunciado barroco pero integra el conjunto de ingredientes y sabores en contraste hasta dar un resultado armonioso, lo más dulce con lo ácido, lo más graso con lo fresco. O el ravioli casero de perdiz a la canela, bocado que pasa demasiado rápido, del que te gustaría repetir. Breve, directo, relleno de un sabor tan concentrado…

Este menú busca un ritmo, una alternancia de platos más densos con otros más ligeros, y a la vez busca recordarnos el orden en que por costumbre se comían los platos en casa. Todavía estamos con lo que serían entrantes aunque todos tienen la misma entidad, el mismo peso específico en el conjunto. Mezcla de productos de prestigio u origen foráneo con los más cercanos, damos vueltas en torno a la memoria gastronómica y pasamos más de una vez por el mismo sitio pero no es un andar errático, es más bien el paseo sosegado por la plaza de nuestro pueblo, en buena compañía, rodeándola una y otra vez mientras evocamos buenos momentos.

Siguieron las verduritas de caserío servidas con sopa Kanala, que es la recuperación de una de esas recetas con mucho pasado, tanto que se pierde en el recuerdo y lo sustituye la disputa sobre cuál es el canon que debe seguir. No tengo autoridad para decir si es la receta por antonomasia ni me importa; lo que sé es que disfruté de un gran plato, sabroso y entrañable, con independencia de lo que pueda estar aportando al patrimonio gastronómico.
La yema de huevo de oca Euskal Antzara en salazón con pencas al azafrán y Martini blanco es otro plato que bordea el barroquismo y de nuevo evita el exceso o la distorsión. Presencia muy vistosa aunque en mi opinión no la más apetecible (¿exceso cromático?), da paso a una demostración de técnica cuidadosa, a una textura agradable, a unos sabores equilibrados sin esconder su audacia. No comería una propuesta así si viniese de cualquiera, sólo de una cocina en la que confíe ampliamente, y la de Álvaro Garrido ya es de esas.
Otro golpe de sabor intenso fue el hígado de Azpi Gorri ahumado con sésamo y cerveza de avellana. Os recordará a uno de los primeros bocados, el del foie, pero el hígado ahumado de cabra tiene una fuerza muy distinta a la grasa del ánade, y su consistencia hace que en ningún momento parezca un plato repetido.

Era el momento adecuado para un movimiento pendular, para un plato más fresco y ligero, el requesón de hierbas aromáticas con caldo de ave. Fresco y ligero hacen referencia a una primera impresión del paladar, al peso en boca, a la consistencia, no a la falta de sabor, porque en ningún momento la intensidad sápida bajó en este menú. Y como hemos refrescado el paladar –o eso le hemos hecho creer- podemos presentar el chicharro ahumado al romero con crema de coliflor y gelée de sus jugos, otro despliegue de sabores intensos bien conjuntados, donde la crema vegetal tiene que envolver y suavizar la carne salobre del pescado.

Y un ingrediente de culto para muchos en el plato final: la becada (vuelvo a recordar que es un menú de hace meses, que nadie se sorprenda). Asada, con crema de manzana y setas de temporada, preparación atractiva para la caza, en mi opinión. Aquí es el producto quien aporta ya suficiente potencia para no necesitar mucho más y así fue.
Todo este menú tuvo al lado un riesling, Palais 2008, y un Borgoña tinto, un Morey-Saint-Denis, Clos de Ormes 1er Cru de 2006. Ambos nos dieron muchas satisfacciones por sí mismos (aunque nos hubiera gustado probarlos con más años, cómo no), no se achicaron ante los platos de Álvaro, y nos proporcionaron buen tema de conversación, como corresponde a dos apasionados ante alguna de sus devociones. 


Hubo tiempo para postres, claro. Crema de almendra con lichi granizado y limón helado para empezar, para cortar la cadencia grasa y salada de los platos con frescura y un punto cítrico muy apto para ese fin. Plátano, café y oliva negra, postre más contundente y de mayor contraste entre ingredientes, para hacernos subir un pequeño repecho imaginario en los sabores. Otra vez puede parecer un enunciado complicado, una mezcla poco armónica, y otra vez se resuelve un plato con soltura, con naturalidad, para lograr el plácet del comensal en cuanto lo lleva a la boca. Y bajamos de ese punto con el sabayón de azúcar moscovado, helado de mandarina y yogur de limón, quizá el que más me gustó a título personal, redondo en mi opinión, perfecto colofón para esta gran comida.


El resto podéis suponerlo: café, charla de sobremesa entre nosotros y con el personal… Un buen rato, hasta media tarde. Salimos con Álvaro y un Bilbao plomizo, gris, fresco nos esperaba fuera. Él se fue a sus cosas y nosotros seguimos paseando con una sonrisa en la cara que a algunos les podía parecer hasta sospechosa. Ahora sabéis por qué.

domingo, agosto 07, 2011

Ante todo, trabajo. Restaurante Etxanobe (Bilbao). Por Jorge Díez


Repito visita a Bilbao con muchos elementos comunes, menos tiempo disponible y más amistades por las que dejarme guiar. Ya instalado –mismo alojamiento- me encuentro con mi primer cicerone, el bloguero silente Albertobilbao. (Todos estamos muy callados en esta tertulia desde hace una temporada.) Tiempo para un breve paseo antes de ir al restaurante.
La vez pasada había descubierto un local que anunciaba la próxima apertura de una tienda de objetivo bastante obvio: La petite fromagerie. Ahora es una apetitosa realidad con quesos que llegan desde Francia o desde el Reino Unido, desde Asturias (¡Sí, Rey Silo!) o desde Cádiz. Sería asiduo si viviese en el Botxo.
Llega la hora de cenar. Dejamos pasar un tranvía, enfocamos el Palacio Euskalduna y subimos al Etxanobe. Todavía hay luz y la temperatura es muy agradable pero rechazamos la oferta de una mesa en la terraza. Nunca tuvieron mi predilección y menos ahora, que han pasado a ser el territorio del humo.
Etxanobe no será el restaurante vasco más famoso por su producto; seguramente tampoco será el más audaz, el más vanguardista. No será nada de eso pero suele ser un seguro, una parada que siempre te ofrecerá regularidad y satisfacción.
Una sala muy cuidada en todos sus aspectos (iluminación, distribución, decoración, mobiliario y menaje…), un servicio muy atento y ajustado al punto de formalidad que el cliente demande, una carta variada y flexible y una buena bodega, suficiente.
Hablamos de una cena y no están las finanzas para muchas alegrías, además, así que nos ceñimos a una de sus propuestas, variada, no excesiva y a precio cerrado: el menú gastronómico. Puedes escoger cinco platos y un postre libremente de la carta salvo alguna escasa excepción.

Como llevo guía dejo que él me aconseje los platos imprescindibles de la casa, los clásicos. Enseguida nos traen dos aperitivos, salmón con crema de espárragos y esfera de tomate asado. Minibocados frescos y sabrosos y en buena armonía. También en armonía con la copa de champán Comme Autrefois de Françoise Bedel, un bien armado pinot meunier que nos sorprendió y que se desenvolvió en la copa con bastantes virtudes. De esos que no brillan por un aspecto concreto pero cumplen en todos; estructurado, fino, fresco. Nos gustó. A mí me quedó grabado el detalle del tapón “a la antigua”, fijado con cuerda en lugar de bozal metálico. Si revolvéis por la web podéis verlo.
Acepté todas las sugerencias, nos pusimos de acuerdo en los platos y empezamos a esperarlos mientras le dábamos tiempo a enfriar a un Borgoña blanco, un Clos de la Maltroie 2009, de Michel Niellon, un 1er. Cru de Chassagne-Montrachet. Otro acierto. Dudaba yo por su juventud pero estuvo a la altura en todo momento. Fresco pero elegante y con complejidad, que todavía desarrollará en la botella, seguro, pero que ya apuntaba en nariz y boca. Una buena lectura de una uva grande.

Y así fueron llegando el carpaccio de cigalas, sutil, ligero, muy bueno para el calor y la noche. La lasaña de anchoas sobre sopa de tomate, exquisito producto y respeto a los sabores; una idea sencilla y bastante clásica que fue de lo que más me gustó de la cena. Un atún sobre cebolla que elegimos por consenso con el personal de sala. Si es sensata, la práctica antigua de la recomendación debe mantenerse, es útil. Pero para ello hay que cuidarla, hay que hacerlo bien. Aquí lo hacen, sin presión, con diálogo y tratando de sondear los gustos del cliente.

Otro hito de esa cena fue el huevo poché con foie. También delicioso, cargado de sabor, potente sin excesos. Puede sonar a poco el enunciado del plato pero os aseguro que vale la pena incluirlo en cualquier menú.
Y acabamos lo salado con la vizcaína de morros y patas. Plato recio y popular, parecía un poco extraño en este marco tan elegante, tan sofisticado. Y sin embargo tiene verdaderos devotos que lo mantienen en la carta, que vienen expresamente a buscarlo y que lo consideran el mejor, o uno de los mejores, que se puede comer por estas tierras. No puedo entrar en esas clasificaciones pero diré que fue un remate cálido para una cena estupenda.
Con los postres, como sólo podías escoger uno, hubo más dificultad. Al final cedí a la tentación y pedí una mousse de tres chocolates, sin complicaciones pero fina, sabrosa, de ingredientes nobles. Ideal para un adicto como yo.
Con los cafés venían otros pequeños acompañantes dulces con muy buena presencia y mejor sabor: gominola de mango, brioche y trufa. Por pequeños que sean merecen ser citados por lo bien hechos.
No penséis que la descripción magra de los platos es porque fallasen en nada, es que es la idea que voy a intentar transmitir. Enunciados claros y productos a la altura de la calidad que le presupones a un local así. Habrá a quien ya le parezca sugerente con eso, a quien le apetezca probar. Pero lo que quiero destacar de este restaurante es el trabajo en sentido amplio, en todos los aspectos. Eso es lo que lo hace grande. Detrás de cada plato citado hay lo que no recoge mi descripción y lo que no siempre consiguen reflejar las fotos: detalles, cuidados. En cocina, en la idea y la ejecución, en el emplatado, en el servicio. Nada es azar. Cada gesto, cada palabra, la mirada discreta pendiente de los comensales, todo piezas de una maquinaria muy bien engrasada y probada para dar satisfacción al cliente. De una manera casi invisible, para que no te fijes en nada concreto, para no distraerte de la compañía en su caso, de la conversación privada, pero sin que en ningún momento te falte nada ni haya interrupciones o molestias. Es uno de los casos en que el trabajo de cocina y sala es el que hace grande a la casa, en que el nombre de restaurante es más apropiado. Sales de allí reconfortado y es por ese trabajo casi invisible pero omnipresente, en cada aspecto, hasta el más mínimo. Yo incluso puedo compararlo con una visita anterior, de hace unos años y en solitario, y me pasó lo mismo: no hay ese detalle que te queda grabado en especial, ese plato o ese vino, o aquella presentación, es un todo, es un recuerdo grato que envuelve toda la visita, la difumina y la hace cálida. Inspira confianza y calma. Invita a disfrutar de verdad de la comida sin pensar demasiado en productos, técnicas… Todo eso al comensal se lo dan resuelto –trabajo detrás, en los fogones y en el comedor-, no debe preocuparse. En suma, es un ejemplo de restauración clásica plenamente vivo, respetado, cuidado, actualizado (El aparatejo ese electrónico para la carta, por ejemplo, que te ofrecen además de la de papel. Puede gustarte más o menos pero verás fotos explicativas y sugerentes, eso que tanto me demandáis a veces.) para traer a hoy día y a las demandas nuevas del cliente lo que han hecho siempre los buenos: satisfacción como resultado.
Espero no haber sido muy parco y que no quede una impresión pobre del Etxanobe porque es un sitio estupendo. Sólo quería insistir en eso, en que es un todo, un saber hacer, un “bien hecho” lo que envuelve una comida allí y deja pleno placer sin que algo brille sobre lo demás. Parece simple pero no lo es en absoluto. Hay mucho esfuerzo detrás. Aquí entiendes de verdad por qué estás pagando por más cosas que la mera comida y aquí realmente valen la pena esas cosas adicionales.
Salimos muy satisfechos y lo dejamos ahí, nos fuimos a descansar con el recuerdo agradable. Al día siguiente me esperaba otro vasco esencial, muy distinto. Eso será el próximo capítulo.

sábado, enero 29, 2011

Perderse para encontrar. Por Jorge Díez




Esta serie de post nace enferma, vienen tocados de alguna manera por una fiebre, débiles. La enfermedad amenazó en su momento estos viajes y la enfermedad retrasó mucho la escritura. Ya no están frescos, ya no son de temporada, los detalles se van borrando… A ver qué tal les sienta salir al aire.
Bilbao… Volver a Bilbao siempre me apetece. Ya casi no recuerdo aquella ciudad vieja, sucia, que sufrió el castigo industrial; yo la conocí de verdad cuando cambiaba, cuando quería reinventarse. Además, le debo la revancha a Albertobilbao después del tute que le hice darse por Oviedo la última vez, así que quedamos y empezamos el recorrido.
Bilbao es un derroche de arquitectura civil, desde edificios singulares más o menos afortunados o discutibles, iconos que ya lo son o aspiran a serlo, que quieren llegar a tótem ciudadano, a una ordenada y bien cuidada sucesión en su trama urbana de construcciones valiosas, herencia de corporaciones que fueron fuertes (aseguradoras, bancos…). Vamos hablando de ello, vamos fijándonos hasta que entramos en una buena librería, la Librería Cámara, donde también hay bastante material de arquitectura, entre otras cosas. Pero nuestra afición nos puede y acabamos en el rincón de Gastronomía. De una sentada les llevamos los dos ejemplares que tenían del “Anti Parker”, de La batalla por el vino y el amor, de Alice Feiring.
De ahí a los sitios preferidos de Alberto. Tenemos que hacer parada en algún café, que si no no soy yo. De extremo a extremo en estilos, del Antzokia al Iruña, cada uno tiene algo que contarme. Y después a la caza del pincho ideal. No tendrá la fama de San Sebastián pero se encuentran pinchos muy buenos. Tortillas por las que se espera lo necesario, colas en una barra mínima para llevarse varios, ese sándwich con un agradable toque picante… Muchos bocados pequeños y muy ricos. A la vez repasamos novedades, bares que cambian, cartas de vinos, tiendas de quesos (En Asturias somos privilegiados con esos rincones de los que tanto hablamos por aquí, podéis creerme.) las pastelerías y lo que debo probar. O ese espacio todavía muy vacío que es la Alhóndiga. Da gusto con un buen guía.
Lleno la mañana siguiente con la exposición de pintura holandesa del Städel Museum en el Guggenheim, interesante y bien presentada. Llueve un poco. Esto tiene importancia porque vamos a perdernos entre montes, así que nos conviene tener un tiempo favorable. Efectivamente, para encontrar ciertos placeres a veces hay que perderse, hay que dejar que el paisaje te sorprenda, te envuelva, y predisponerse.
Parece mentira que haya autobuses hasta aquí, hasta la puerta misma del Etxebarri, en Axpe. Porque esto está colgado en la montaña, rodeado de aire limpio, de silencio, lejos. Y sin embargo es verdad, llegamos en uno, bueno, en dos autobuses, con trasbordo. Ahora soy yo quien tiene envidia. ¿Os imagináis algo así hasta La Salgar o hasta Prendes? O hasta tantos sitios más (Malleza, por ejemplo. Cada cual que haga su propuesta.).
Alberto ya me ha puesto en antecedentes sobre el sitio y su cocina. Lleva la chuleta en la cartera con lo que hay que pedir, así que la comanda es rápida pero variada. De la bebida se encarga él: un champán de su bodega y el detalle de un descorche que no nos cobran. Lo que digo siempre, el champán es un todoterreno para las comidas, y esta vez no fue menos.
Cuando te hablan de Etxebarri hay quien te asusta con el humo (algo habréis leído por aquí) quien te dice que te puede saturar. Pues no sé si fue el mérito de mi amigo al elegir o qué pero no hubo tal problema. Lo que hubo fue un desfile de productos poco disfrazados y de sabores intensos, que unidos a aquel paisaje y a la sala acogedora hicieron una comida reconfortante y a la vez una de las grandes, de las que recuerdas, de las que hacen que apuntes ese sitio para volver.
Un chorizo riquísimo y dos pedazos de mantequilla –de vaca, que me gustó más, y de cabra- mientras esperábamos por los platos. Ostra con algas o mejillones con una salsa sugerente (con zanahoria y pimiento choricero) para empezar a hacerte la boca agua, aunque en realidad todo el menú principal fue mar. Gambas de Palamós, espardeñas con habitas y flor de ajo, bacalao con cebolleta y calabacín… El mar y la huerta, la que está ahí mismo, al lado del caserío donde está el restaurante. Y unos postres también de lujo, con la leche que puede venir de esos pastos. Un helado de leche con tartaleta de manzana y un helado de queso.
En fin, todo un maestro con las brasas, capaz de sacar matices exquisitos a cada producto. Alrededor, casi todos nuestros vecinos en las demás mesas eran extranjeros. Había algo especial en aquello, en la idea de hacer un viaje así para encontrar este rincón tan apartado. Pero motivos hay de sobra. Fue la conversación al regreso: hay que repetir, este sitio vale mucho la pena.
Tenemos unas horas para pasear por Durango entre autobús y autobús. La villa en sí es bonita pero vuelvo sorprendido por el tamaño del pórtico de la iglesia de Santa María de Uribarri. De hecho, da cobijo a todo lo que haga falta. Gente charlando a resguardo, los que esperan para un funeral, vallas y otros trastos de las fiestas… He leído que se celebra mercado allí debajo y no me extraña.
Viaje de vuelta. ¡A cualquiera que se lo cuente…! Ya nos conoce una conductora de Bizkaibus. No puede haber tantos entusiastas que suban hasta allí en ese medio, que parezcan perdidos pero encuentren un tesoro.
Esa noche nos pide sólo unos vinitos, que el estómago viene lleno. Y hay que descansar para lo que todavía nos falta.